Rojo. Lo que recuerdo de aquello es que todo era rojo. Rojo como la sangre que recorre nuestras venas, rojo como el fuego que une dos almas por medio del ignífugo cordón de metal invisible, rojo como una canción que sangra.
Cuando empecé a recordar aquello, la piel se me puso de gallina, todo mi ser se estremeció como un terremoto que solo sabe vibrar y romper cosas.
Me encontraba en el suelo, descansando, en un apacible césped artificial de una montaña artificial, mi casa. Escuchaba mi música habitual, con mis altavoces a todo volumen. Con los ojos tan cerrados estaba que no vi venir aquella gran bola de fuego que separaba mi fantasía con la realidad. Supongo que antes de impactar sobre mi gran casa de madera, se paró un momento para observar mi reacción. Reacción que no llegó a suceder. Así pues un gran impacto creí escuchar, al principio no quise darme cuenta, pero el olor a quemado era demasiado evidente como para dejarlo pasar. Abrí lentamente los ojos, aún no sabía qué había pasado. Mis párpados se cerraban continuamente, quizás solo para apartar la humedad que el humo producía o quizás apartar las lágrimas que salían. No era consciente. La canción terminó y con ella el disco que escuchaba. El crepitar de la madera se me hizo sordo en aquel momento. Mis cosas de la casa se estaban quemando. Mis fotos, muebles y recuerdos, todos y cada uno de ellos muriendo por mi baja atención y mi pasividad.
Un fuerte dolor de pecho sentí al levantarme, un olor a quemado horrible me llegó de pronto. Me levanté en busca de mi aerosol para el asma y me volví hacia mi casa y no estaba allí. Tan solo un reguero de madera quemada y chamuscada quedaba en aquella colina que mi casa era o fue durante un tiempo. Mis recuerdos, pensé. Mi vida entera, recordé.
Un objeto extraño se podía observar desde mi posición, un objeto grande, misterioso y rojo como el fuego que quemó mi casa y mi vida.
Calor, es lo que sentí al acercarme a aquel objeto tan extraño que mi casa había destruido. Me aproximé más de lo que un humano normal podría acercarse a una bola de fuego de aquel tamaño, y cuando mi cara, que no me quemaba, casi rozaba aquel objeto, pude sentir que me hablaba, aquello me hablaba y me decía cosas que aún yo no entiendo, cosas que son inexplicables para mí. Me embriagó tanto la belleza de aquello que observarlo era todo un reto, pues poseía muchos detalles maravillosos.
Entonces quise acariciarlo y fue cuando explotó en mil pedazos, mil destellos rojos recorrieron mi hogar, mil fragmentos rojos que se me clavaron en el pecho y mil recuerdos rojos en mi mente estallaron. Estallada la gran bola de fuego, lo único que pude pensar es en el dolor rojo que en mi alma se posaba, me comía como gusanos que comen cadáveres.
Ahora, aquí sentado, el rojo tiñe esta página en blanco, el rojo es el principal protagonista es la principal palabra.
Rojo como el fuego. Roja como la sangre.
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