Creer en la
magia, es como creer en Dios, unos creen y otros no, hay quienes
piensan que existe, pero no la buscan, otros buscan, pero no creen.
Yo, sin embargo, tengo la magia en mi, pero no creo en ella. Porque
simplemente, la magia, al fin y al cabo, es energía y da malas
pasadas.
Pero no me entretendré en retórica vana. Os contaré mi historia desde el principio. Para ello, debereis situaros en un mundo totalmente diferente a este, y retroceder cincuenta años, cuando yo era aún un jovenzuelo.
Nací y me crié en un mundo lleno de extremadas perfecciones, donde la magia, era la fuente de todo poder, de todas decisiones y movimientos.
Mi familia, aunque adinerada, pobre en recusrsos sociales y escasos bienes matariales, constituía un importante papel dentro de la sociedad y para mí.
Padre, madre y hermanos éramos todos uno, como una única unidad formados por diferentes partes que se complementan entre si.
Magos, hechizos, ratas, llenaban nuestra casa, como quien llena una bañera de cosas unas encimas de otras. Los libros abundaban, sobre todo los de leyendas y cuentos antiguos de magia negra.
Hubo en mi casa, una gran puerta cerrada con un candado muy pequeño y guardado con un hechizo fuertemente agarrado a lo misterioso.
A veces veía aquella puerta impasible, en silencio y como riéndose de mí; otras veces ni siquiera la encontraba por ningún sitio.
Una vez pregunté a mi padre qué es lo que escondía aquella puerta tan misteriosa y me dijo:
-Hijo, cuando vea esa puerta delante de mí, la abriré y te avisaré para ver qué es lo que esconde.
Aquello quería decir todo lo contrario a lo que yo entendí, simplemente, me tomó por loco:
-Cosas de niños inocentes.-Pensó.
Pero yo veía esa puerta y soñaba con abrirla. Imaginaba lo que habría dentro, paisajes hermosos e inalcanzables para este tiempo mágico, prados verdes tan embriagadores, grandes árboles, con pájaros surcando el cielo azul.
Teniendo como unidad a la familia, imaginación perfecta para realidad cruel.
Arremetido entre mis sábanas, empezé a leer los libros de magia, que, hasta ahora, habían sido inútiles para mi mente.
Leí mucho, por mi cuenta, invoqué hechizos oscuros y raros. Mezclé pócimas nunca vistas. Probé a hacer desaparecer y aparecer ratas de laboratorio.
Aquel día quedé rendido y por eso terminé echado sobre la cama con muchísimos libros alrededor mía.
Sentía frío y calor a la vez, la frente me echaba gotas de sudor resplandecientes, como si estuviese llorando desconsoladamente, el sitio se tornaba oscuro y confuso.
Brillaba como una estrella en las tinieblas. La puerta, que, cerrada aún, no tenía candado. Y era blanca, en vez de negra, y era impresionante en vez de aterradora. Pero seguía impasible en su postura, indiferente, no decía nada, muda.
Contemplándola desde lo alto del cielo, me di cuenta que, necesitaba abrirla, costase lo que costase, yo la abriría con hechizos o sin ellos.
Avanzé, pero no me moví, corrí, y no avanzé nada. Resignado, pensé en que no era el momento de saber qué era aquello que me atormentaba. Volví la cabez hacia arriba y no ví nada, miré hacia abajo y me encontré en lo alto del techo del mundo, alzé la vista y allí estaba, el gran objeto que dormía en mi mente.
Como un niño resta los últimos metros hacia su regalo más preciado, me impulsé hacia aquello, toqué la puerta, la descubrí por vez primera, la abrazé, la tuve.
No sabía qué era lo primero que tenía que hacer, así que decidí abrirla. Con un gran estruendo y sonido chirriante de visagras oxidadas, se abrió de par en par. ENTRÉ Y.......
Nada, dónde estaba.
Seguía tumbado en mi gran cama con libros muy gordos y pesados. Desperté de mi gran ilusión. Levanté la vista de inmediato. Allí estaba, donde siempre había estado y estará. Corrí hacia ella y, el candado me esperaba, choqué contra él.
Apliqué mi hechizo y el candado se abrió. La puerta también se abrió, pero despacio, como una mariposa vuela a cámara lenta, como una tormenta acecha en el cielo, se abrió.
No esperé a despertar, sino que entré rápidamente. Se cerró con gran estrépito. Dentro, oscuro para tí, querido lector, para mí era todo blanco y veía perfectamente.
Porque mi corazón mío es.
Porque los sueños, sueños son.
Porque la vida, vida es.
Y porque la realidad, realidad es, y aunque queramos cambiarla luchando por lo que queremos y por lo que nos parece más razonable, siempre será igual. Nadie puede cambiar lo establecido, ni Dios, ni la magia, ni siquiera yo, Dios de esta relato.
Aquella puerta era un gran misterio para mí, siempre lo será, también constituye un gran paso para esta historia incompleta.
Pero no me entretendré en retórica vana. Os contaré mi historia desde el principio. Para ello, debereis situaros en un mundo totalmente diferente a este, y retroceder cincuenta años, cuando yo era aún un jovenzuelo.
Nací y me crié en un mundo lleno de extremadas perfecciones, donde la magia, era la fuente de todo poder, de todas decisiones y movimientos.
Mi familia, aunque adinerada, pobre en recusrsos sociales y escasos bienes matariales, constituía un importante papel dentro de la sociedad y para mí.
Padre, madre y hermanos éramos todos uno, como una única unidad formados por diferentes partes que se complementan entre si.
Magos, hechizos, ratas, llenaban nuestra casa, como quien llena una bañera de cosas unas encimas de otras. Los libros abundaban, sobre todo los de leyendas y cuentos antiguos de magia negra.
Hubo en mi casa, una gran puerta cerrada con un candado muy pequeño y guardado con un hechizo fuertemente agarrado a lo misterioso.
A veces veía aquella puerta impasible, en silencio y como riéndose de mí; otras veces ni siquiera la encontraba por ningún sitio.
Una vez pregunté a mi padre qué es lo que escondía aquella puerta tan misteriosa y me dijo:
-Hijo, cuando vea esa puerta delante de mí, la abriré y te avisaré para ver qué es lo que esconde.
Aquello quería decir todo lo contrario a lo que yo entendí, simplemente, me tomó por loco:
-Cosas de niños inocentes.-Pensó.
Pero yo veía esa puerta y soñaba con abrirla. Imaginaba lo que habría dentro, paisajes hermosos e inalcanzables para este tiempo mágico, prados verdes tan embriagadores, grandes árboles, con pájaros surcando el cielo azul.
Teniendo como unidad a la familia, imaginación perfecta para realidad cruel.
Arremetido entre mis sábanas, empezé a leer los libros de magia, que, hasta ahora, habían sido inútiles para mi mente.
Leí mucho, por mi cuenta, invoqué hechizos oscuros y raros. Mezclé pócimas nunca vistas. Probé a hacer desaparecer y aparecer ratas de laboratorio.
Aquel día quedé rendido y por eso terminé echado sobre la cama con muchísimos libros alrededor mía.
Sentía frío y calor a la vez, la frente me echaba gotas de sudor resplandecientes, como si estuviese llorando desconsoladamente, el sitio se tornaba oscuro y confuso.
Brillaba como una estrella en las tinieblas. La puerta, que, cerrada aún, no tenía candado. Y era blanca, en vez de negra, y era impresionante en vez de aterradora. Pero seguía impasible en su postura, indiferente, no decía nada, muda.
Contemplándola desde lo alto del cielo, me di cuenta que, necesitaba abrirla, costase lo que costase, yo la abriría con hechizos o sin ellos.
Avanzé, pero no me moví, corrí, y no avanzé nada. Resignado, pensé en que no era el momento de saber qué era aquello que me atormentaba. Volví la cabez hacia arriba y no ví nada, miré hacia abajo y me encontré en lo alto del techo del mundo, alzé la vista y allí estaba, el gran objeto que dormía en mi mente.
Como un niño resta los últimos metros hacia su regalo más preciado, me impulsé hacia aquello, toqué la puerta, la descubrí por vez primera, la abrazé, la tuve.
No sabía qué era lo primero que tenía que hacer, así que decidí abrirla. Con un gran estruendo y sonido chirriante de visagras oxidadas, se abrió de par en par. ENTRÉ Y.......
Nada, dónde estaba.
Seguía tumbado en mi gran cama con libros muy gordos y pesados. Desperté de mi gran ilusión. Levanté la vista de inmediato. Allí estaba, donde siempre había estado y estará. Corrí hacia ella y, el candado me esperaba, choqué contra él.
Apliqué mi hechizo y el candado se abrió. La puerta también se abrió, pero despacio, como una mariposa vuela a cámara lenta, como una tormenta acecha en el cielo, se abrió.
No esperé a despertar, sino que entré rápidamente. Se cerró con gran estrépito. Dentro, oscuro para tí, querido lector, para mí era todo blanco y veía perfectamente.
Porque mi corazón mío es.
Porque los sueños, sueños son.
Porque la vida, vida es.
Y porque la realidad, realidad es, y aunque queramos cambiarla luchando por lo que queremos y por lo que nos parece más razonable, siempre será igual. Nadie puede cambiar lo establecido, ni Dios, ni la magia, ni siquiera yo, Dios de esta relato.
Aquella puerta era un gran misterio para mí, siempre lo será, también constituye un gran paso para esta historia incompleta.
Anuuuu
ResponderEliminarMira bixo, a mi no me insultes ehhh XDXDDD
Eliminar