viernes, 7 de junio de 2013

Historia 9.

Soy un dragón, no se si el más temible de todos, o no. Solo sé mi posición en esta vida que nos come poco a poco y que nos asfixia en su propio ser.
Recurrimos a nuestra imaginación, a nuestro propio subconsciente, cuando soñamos, para sentirnos más protegidos con nosotros mismos.
Allí, en nuestra mente, forjamos cómo queremos ser, también cómo somos. Modificamos conductas adquiridas durante nuestro día y matamos a quienes no queremos para nuestro propio beneficio en nuestro reino imaginativo.
Con la imaginación, con la mente, podemos hacer lo que nos venga en gana, por ejemplo hacer magia, convertirnos en cualquier ser, material o cosao disfrutar de la vida deseada.
Así pues, con las puertas abiertas a la imaginación y al reino fundado en la realidad soñadora, os invito a pasar al lugar jamás contado en esta tierra, os invito a pasar a mi imaginación, a mi imperio de fantasía y magia, lleno de locuras y seres nunca vistos.

Corro, corro como si me persiguieran, avanzo a toda velocidad por un camino empedrado. No sé a dónde voy, ni me importa a dónde me lleve este camino rugoso, yo, corro sin más. A los lados, dejan una estela borrosa y confusa los árboles que en este camino se me cruzan. Dejo atrás todos mis emociones, sentimientos, deseos y esperanzas, solo quiero seguir adelante en este camino que se me antoja fácil y rápido. A veces, tengo la sensación de que el camino avanza por sí solo.
Sin aliento, no paro, con el corazón acelerado, no descanso, con los pulmones a reventar, no me caigo, con heridas por todo el cuerpo, no me dejo tentar. Solo tengo un único pensamiento: llegar. Llegar a donde me lleve este lugar tan lleno de cosas. Llegar a un lugar mejor. Llegar a mi meta que eres tú.
Solo en un sueño puede conseguirse un deseo inalcanzable, pero esto no es un sueño ni un deseo, este camino que hoy recorro por vez primera, es una realidad, este sueño que tanto deseé, se ha hecho realidad en un mundo en el que el espacio no existe.
Es una rebelión lo que hoy hago, es un acto de desesperación este camino empedrado de horas, minutos y segundos. Solo en un sueño.
De repente, acelero el paso y corro más rápido que de costumbre, una fuerza sobrenatural tira de mi, una fuerza más potente que otras, la más grande que pueda existir y, sin saberlo y sin quererlo, despliego mis alas y echo a volar, por el cielo, sintiendo el aire atravesar mi cuerpo.
La rabia y la ira se encienden en todo mi ser, acelerando mi vuelo. Voy tan rápido que no voe el camino por donde iba, pero sé, intuyo, que es mi camino y que es el correcto. La rebeldía y la euforia se hacen notar en las escamas que ahora poseo. Sigo acelerando mi vuelo. Cierro los ojos por un momento y, en un parpadeo, se me cruza una imagen, que nunca antes había visto. Fue una visión que me impactó mucho, pues era una imagen de una muchacha sentada en una silla de madera que lloraba. Tenía el rostro cubierto con las manos y de su mejilla surgían las lágrimas que derramaba. En el suelo, sus gafas rotas con los cristales hechos trozos.
Volví a cerrar los ojos, pero la imagen ya no estaba.
El viento, rugía con fuerza, ya que no veía nada, era todo muy confuso. Cuando intenté llegar al suelo, el viento me empujó hacia arriba y más arriba, con todas mis ganas me lanzé en picado y, poco a poco, vencí la fuerza del viento. Iba tan deprisa hacia abajo que de morro me estrellé.
Levanté una gran humareda y un cráter muy profundo se creó en el camino que recorría.
Pasaron años y años hasta que pudo mover alguna parte de mi cuerpo, pues después de aquella caída, nada fue igual.
Me levanté dolorido, despacio y sin aliento, subí por el cráter, aquel hundimiento que un día mi cuerpo dejó. Después de varios intentos, llegué arriba, llegué a mi camino y, sin mirar atrás, comenzé a andar. Poco a poco, minuto a minuto, mis pasos se aceleraban y con ellos, el pulso de los latidos de mi corazón.
Dejé atrás aquel agujero de arena que nunca más vería.
Un día, sin previo aviso, el camino cambió. La arena era más blanda, había, cada cierta distancia una flor, otra, otra. No era ya, un camino empedrado, sino más bien un camino caramelizado en su aroma y suave en su tacto. Descubrí en ese camino tan dulce a alguien. Ese alguien me recordó a aquella muchacha que, sentada en una silla, lloraba.
La miré, me miró. Nos observamos de arriba a abajo. Ella era guapa, hermosa y resplandecía en aquel camino.
Me sonrió. Me dedicó la sonrisa más bonita y amigable que yo ví nunca antes. Me ruborizé y le dí una sonrisa mía. Se acercó a mí y me cogió de la mano, se la acepté.
Me preguntó si quería seguir su camino, seguir por aquel camino los dos. Aquel camino enamoradizo. Le cogí la cara con ambas manos y la besé en los labios, labios sedientos de amor, beso eterno en el que nos fundimos los dos.
Como regalo, me dió su corazón y, como gratitud, le tendí el mío, ambos corazones intercambiados, a mitad de camino, se fundieron en uno solo, un corazón que late para dos vidas.
Así, emprendimos la marcha cada vez más rápida. Y volamos. Hasta el infinito, volamos.

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