No eres más que
polvo en mi recuerdo, no eres más que una ilusión para mi vista, no
eres más que simples notas brotando de un triste piano, apagado
piano. No eres más que papeles en blanco de cuyas páginas surgen
palabras y más palabras, carentes de sentido, pues ya aquí no
estás.
En tu pecho yo,
solía acurrucarme, para proteger mi alma y espantar todos los males.
En cada noche, yo solía escuchar la melodía que mñas me
tranquilizaba, tu respiración. Abrazaba cada gota de aire que
inhalabas, porque cada una te daba un segundo más de vida.
Me he caido de lo
más alto del cielo, donde tú abrabas mi corazón, como si un llo
hubieses hecho nunca, como osi mañana se fuera a acabar el mundo.
Allí arriba, donde la gravedad no existe, allí arriba, donde
nuestros cuerpos flotaban a su antojo y donde éramos libres de
verdad.
Libertad,
sensación de placer en la que el cuerpo y la mente vagan por todo lo
alto. En la montaña soñé que volaba libre y alto, sin cadenas, sin
cuerpo, sin gravedad, sin nada. Ahora estoy atado y no tengo
libertad, la que un día me perteneció y la que un día me
arrebataron
Quiero escribir
un último verso, una última historia o cuento, quiero plasmar mi
tristeza aquí en un papel, quiero que se note el lamento que siento
en lo más oscuro de mi ser. La tristeza que inunda y corrompe mi
corazón y la armonía en un soplo de viento, es la pena que siento
al escribir, al intentar describir cómo me siento en cada momento de
mi vida.
La música,
aliento feroz de mis inquietudes, hace levantarme de esta silla tan
cómodamente buena para gritar a los cuatro vientos que mi libertad
es mía y solo mía, de nadie más, y por lo tanto me corresponde a
mí decidir en qué silla he sentarme, cómo y cuándo. Pero no sé
cómo sentarme en otra silla que no sea la mía, no sé cuándo he de
levantarme y tampoco sé en qué silla sentarme o tumbarme, solo, y
lo único que sé, es que el tiempo corre tan deprisa que mi mente no
es capaz de pensar con precisión. El tiempo apremia, estrangula y
asfixia como nunca en esta etapa, no puedo parar, porque si lo hago,
algún mal acechará tras mi puerta. Ese mal será la muerte, que, al
contrario que el tiempo, es pausada y lenta como una marcha fúnebre,
tan triste y apaciguada que te dejarás llevar por ella, si es que el
tiempo te ha dejado a su merced.
Tú decides si
vivir o morir, tú decides entre tiempo vivo o tiempo muerto.
Amada mía, pensé
que conmigo estarías y por toda la eternidad me amarías, pero veo
que no es así y que nunca me quisistes, todas las palabras fueron en
vano. Todos los sentimientos fueron derrochados como la lluvia
derrocha sus gotas que, al caer, ya no se vuelven a ver.
El viento
despeina mi pelo, descubriendo así una cara triste y manipulada. Eso
siento ahora, que me has manipulado.
Nose cómo he
podido amarte tanto y nose como he querido besar esos labios tuyos,
hasta he deseado besarte.
El viento hiela
mi sangre, como lo haces tú, sé que estás en el aire, porque
siempre lo has estado.
No quiero dormir,
aunque estoy muy cansado, pero no quiero volver a soñar, pues si me
sumo al sueño, entraré en un mundo nuevo y muy diferente a este, un
mundo donde todas las cosas se mueven por los deseos de mi corazón,
mas si entro en este mundo, la ensoñación, la alegría y la paz que
sentiré y que hay en él, se convertirán en infierno, tristeza y
desesperación cuando regrese al mundo real, del que nunca saldré,
del que nunca podré hacer realidad mis sueños y del que realmente
procedo.
He de dormir y
soñar ahora, porque es como la droga que atrapa al alma y nunca deja
que te escapes, siempre te agarra contra tu voluntad, por ese motivo,
quiero que sepaís que, cuando despierte, no seré el mismo, no seré
la misma persona, mi mente será distinta, pues estará tan llena de
sueños y anhelos que la realidad estará aparte y arrinconada.
Cambiar, cambiar
de destino, de lugar. Cambiar de sueños, porque, si pudiera estar a
tu lado esta misma noche, cambiaría tus sueños, te arroparía en la
noche cubriéndote de valor, esperanza y paz.
No escuches mis
palabras, no las intentes comprender, no les hagas caso, pues solo
debes escuchar tu propio corazón. Lo que de ti espero, es que me
hagas un último favor, quiero, y solamente quiero, que ames tu
fuerza de voluntad, tu valor, fuerza y seriedad. Que ames al viento,
al amado viento, que tu pelo ondea como si fuese la única bandera
que debiera ondear. Que te enamores de todas y cada una de las cosas
que posees a tu alrededor, de todas las personas por igual, pues
nadie se merece menos. Y, por encima de todo esto, quiero que, de la
vida misma, te enamores como nunca, pues si a ella cariño das, tú
misma serás.
Es muy tarde y,
ya oigo los ronquidos que cada noche velan conmigo. Ha empezado a
llover y el repiqueteo en la ventana me ayuda a relajar mi mente y mi
cuerpo, que, cada vez me pesa más y más. Cierro los ojos, pues los
párpados caen como plomo. Un trueno suena a lo lejos, la tormenta se
va cerrando. Noto el balanceo sobre mi cuerpo, estoy en el mar y
estoy dormido, apenas soy consciente de ello, aunque noto el vaivén
de las olas, incluso el dulce olor a sal.
Pero estoy
tranquilo, pues se que, donde quiera que esté, estaré a salvo
siempre.
Un zumbido raspa
mi oreja, dejando al descubierto toda la verdad sobre esta historia
deambulante.
Despierto, como
cada día, diferente, mudo, sin nada que decir. Despierto, como cada
día, en un mundo nuevo, en un sueño nuevo y en un mundo sin ti.
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