domingo, 28 de diciembre de 2014

El todo y la nada.

Incluso a su lado puedo volar, puedo surcar el cielo azul, tan azul que nadie e percata de lo hermoso que es ni siquiera el mismísimo cielo. Todos creen que es un simple azul que cuando hay tormenta se oscurece como los corazones de los hombres al entristecerse. Esa oscuridad que te abriga y te arropa cada noche, es a la oscuridad a la que no temo, pues cuida de todos los que sueñan que un día volverá a lucir el Sol. Después de muerto el sueño, el Sol sale para recuperar el tiempo perdido de todos esos años que, malgastados no en vano, en los sueños se perdieron.
Una vez más vuelve a arroparme ese color tan ardiente como el fuego. Los días pasan tras estas paredes y nada se mueve, quizá el viento sea el único que ponga en marcha la vida en esta pequeña habitación, en este pequeño pozo de soledad y mentiras. Así fue como el pequeño estanque de felicidad rebosó y se quebró hasta nada quedar.
También la silla de oro, la que tanto he querido cuidar y compartir, se derrite poco a poco, se hunde entre estas tinieblas y sombras. No sabe nada.
Incluso puedo volar a su lado, de la mano, caminando sobre el agua turbia que recorre ese río tan bello como su cara. Entre estos prados oculto mi gran baúl, el baúl que todos poseemos y que pocos saben qué contiene.
Incluso cerrar los ojos y dejarme llevar al lugar perfecto, a su lado.

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