viernes, 15 de febrero de 2013

Venganza.

No sé qué me está diciendo. No le entiendo, no escucho nada.
Creo que me está gritando y por su expresión deduzco que se está enfadando y mucho.
Se le arruga la nariz. Solo hay una persona capaz de que se le arrugue la nariz cuando se enfada, y esa, es ella, mi mujer.
Llevamos cinco años y nunca hemos discutido así.
Su nariz está tan arrugada que sus brazos se alzan por encima de sus largos cabellos marrón claro y, como una orquesta, empieza a danzar tirando los platos por el suelo, rompiendo todo aquello que se encuentra por el camino. Las tazas de mi abuela, las mesas que con tanto trabajo compramos, las lámparas de pie, las sillas, la cama, todo lo rompe. La casa que por sorpresa le regalé queda hecha un deshuace.
Yo no entiendo nada y no escucho nada.
De repente ella se me queda mirando, con un mechero en la mano y un olor a gas a su alrededor, que no soy capaz de oler hasta que enciende el fuego y todo salta por los aires, explotando y desintegrando todo, sin dejar nada como si nunca hubiese existido.
Lo último que recuerdo es su mirada de angustia y desesperación con un ligero toque de venganza.
Yo no entiendo nada, no escucho ni huelo, tampoco puedo ver, pero todo esto ya no importa porque yo estoy muerto y ella también

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